jueves, 30 de octubre de 2014

Renacer

Es difícil admitir cuándo se tiene miedo de verdad. Creo que no lo había sentido en mucho tiempo, si es que alguna vez lo había sentido tan cerca. Creo que el la última vez que sentí algo cercanamente similar fue cuando desperté de mi operación de la nariz. Recuerdo que me asusté porque me costaba respirar y sentía que tenía la nariz bloqueada. Además, desconocía por completo el lugar dónde estaba y no podía hablar para pedir ayuda. El momento de pánico debe ser una de esas cosas que definen el estar vivo. Ayer la situación fue muy diferente. Lo que me causó miedo ayer, me hizo pensar que era posible que muriera, fue un estúpido bicho que agarré en algún lado. Me ocasiono un malestar en el estómago incontrolable y estaba tan deshidratado que en algún momento me costó levantar una cuchara para comer. UNA CUCHARA. Ese era yo hace 24 horas: débil, asustado, sin opciones más que esperar, sufriendo por levantar una cuchara. Que frágil es el cuerpo humano ante ciertas cosas, uno esperaría que tantos años de evolución nos dieran un estómago con mejores capacidades defensivas. Y no importa mucho qué lo causó (dado mi consumo de alimentos de los últimos 4 días el principal sospechoso sería uno de los deliciosos chamorros del Oktoberfest) sino que estoy bien (aunque comiendo exclusivamente gelatina y pan tostado) y que el susto que me hizo llorar ya pasó (la única que lo vivió fue mi madre). Es curioso, como la vida está pintada con esos matices, porque justo cuándo me sentía peor escuché una nueva canción de Damien Rice. Y sonreí.