Volteo al piso y todo se mueve. Volteo al techo y todo se mueve. Cierro los ojos y siento que todo se cae a mi alrededor. No sé qué hacer con este sentimiento, con esta impotencia. Ya no está temblando, sin embargo, para mi todo sigue en movimiento.
Me siento culpable de no haber podido moverme cuándo sonó la alarma, me siento culpable de no haber reaccionado correctamente, sabiendo que de mí dependían la vida de mis seres queridos. Quizás por eso el piso no deja de moverse, porque mi conciencia sigue dándole vueltas al asunto, a cómo no pude hacer lo que tenía, a que era tan fácil seguir los pasos correctos: "despertar a todos, resguardarse cerca de un muro de carga, esperar a que termine el temblor, bajar, esperar a que el edificio esté bien, regresar a la casa". Fue suerte que no pasara nada, y yo no suelo jugar con las probabilidades en mi contra. Tengo aún más miedo de no poder hacer lo correcto la próxima vez.
En todo el día no pude salir de mi cuarto, ¿cómo puedo enfrentar la realidad de los edificios caídos, de la gente que se desvive por ayudar si yo no pude hacer lo mínimo, lo recién ensayado? Tres vidas que, de haber rodado diferente los dados, estarían en mi conciencia. El absurdo es que me pesan, como si todo hubiera salido mal, cuando todo salió bien.
Cierra los ojos, respira lento, profundo, nada se mueve, ya no tiembla. No tiembla en la ducha, ni al bajar las escaleras, tampoco tiembla en el elevador, ni cuándo cierras los ojos. No tiembla más que en tu corazón, que no entiende como tu mente confundió lo que pasaba y en lugar de moverse... se pasmó. No importa cuánto tiembles, ya pasó, déjalo pasar. Libérate de la probabilidad no resuelta y deja de pensar que debiste hacer, para concentrarte en qué es lo que debes hacer. Para que ya no tiemble, tu mente o tu corazón.