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domingo, 8 de abril de 2012
Open House
Durante una agradable comida familiar pasan muchas cosas, entre los invitados que no esperabas, los que esperabas y no deseabas que llegaran, los que nunca faltan y los "novatos". Los últimos suelen ser el tema más común, en los que se centra la atención. Se les interroga sobres sus gustos, cómo llegaron a la familia, su trabajo, etc. La atención se desvía una vez agotados los temas cordiales de conversación, puesto que se evita indagar más allá de lo aceptable. La atención pasa a los cambios superficiales o a la ausencia de algún miembro que suele asistir sin falta. Esta fase es especialmente divertida para los observadores puesto que pueden darse rienda suelta a expresar sus opiniones sobre moda, estilos de peinados y decoración. Lentamente el lubricante social empieza a tomar efecto y las inhibiciones comienzan a desaparecer, por lo que las opiniones se hacen más francas y las mentes un poco más cerradas (o menos perceptivas). Llega la parte más entretenida de cualquier reunión ya que comienzan a surgir las preguntas que todos quieren hacer pero normalmente no expresarían directamente. Así llegan las preguntas incómodas sobre las relaciones sentimentales de los integrantes más jóvenes, las bromas sobre las fotos en Facebook que desearías tus amigos no hubieran etiquetado y las historias de eventos relevantes al grupo en las fechas recientes, como vacaciones, cumpleaños o logros académicos y laborales. Fue en ese momento en que la aparición del tema de mi salida de casa fue inminente. Surgió de una persona inesperada, lo admito, con un ángulo dramático y pareció existir un silencio en lo que respondía la pregunta. "¿Cuándo vas a hacer el Open House?" Me sorprendió que mi prima me cuestionara antes que nadie, dudé con el término Open House y finalmente me ofusco el público presente. Admitir que pensaba realizar un evento de este tipo frente a toda mi familia era claramente una receta del desastre y, viniendo de mi prima más cercana, todos asumieron que el evento ya estaba garantizado. Rápidamente intenté palear el daño con preguntas respecto a qué exactamente es un Open House, pero el colectivo ya lo había asimilado como una realidad. La plática se distrajo casi de inmediato a la cuestión de una mesa de regalos (odioso esquema en el que uno exhibe lo que considera un buen regalo y es, me entere hoy, beneficiado por la tienda que lo organiza) y que algunos miembros podían regalarme cosas que ya no usan. Hay dos cuestiones interesantes respecto a este suceso que cautivaron mis reflexiones hoy. Por un lado, ¿por qué querría yo las cosas que otras persona ya no usan? Es como aceptar lo que mis familiares han abandonado en el ático, posiblemente en buen estado, pero seguramente inútiles dado su estado de abandono. La sugerencia de una mesa de regalos me causa tanto disgusto que no lo comentaré más a profundidad. El problema real es la inmediata suposición de que es mi deber organizar un evento por la mudanza a mi departamento. Estoy de acuerdo en que sería ameno y educado invitar a mis familiares, pero si debo ser sincero preferiría no invitar a nadie de mi familia. Sufro con la idea de que se vuelva un lugar recurrente para eventos por la sencilla razón de que no se encuentra bajo la jurisdicción de ninguna familia. En fin... sólo creo que si me salgo de mi casa es para poner tierra entre ellos y yo; invitarles por algún tipo de obligación bizarra que ellos asumen se me hace lo menos congruente que podría hacer. En dos horas de explicar que no viviré solo, que no tendré muebles y que no hay espacio para un evento de este tipo, incluso expresar "no quiero hacer un Open House" al parecer nadie entendió y esperan su invitación próximamente. Demonios.
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